El dinero

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—¡Toma!, claro que sí, mucha gracia —siguió diciendo el diputado con tono de convencimiento—. No pedía yo tanto… Con esto, ya podemos emprender la marcha.

Y, como quiera que oyese, en el salón vecino, el paso de Daigremont que regresaba, añadió con voz muy baja:

—Déjeme hacer a mí.

Evidentemente, Huret sentía el mayor de los deseos por ver fundarse el Banco universal, y llegar a figurar en él. Se había dado ya cuenta, sin duda, del papel que podría llegar a representar en todo ello. Así pues, en cuanto hubo estrechado la mano de Daigremont, su semblante pareció irradiar satisfacción, al tiempo que agitaba un brazo en el aire.

—¡Victoria! —exclamó gozoso—, ¡victoria!

—¡Ah!, de veras. Cuente cómo ha sido la cosa.

—¡Dios mío!, el gran hombre ha sabido comportarse como debía. Me ha contestado: «¡Que mi hermano acierte!».

De repente, Daigremont quedó como pasmado, al dar con la encantadora frase. «¡Que triunfe!», en ella quedaba todo resumido: que no cometa la necedad de no triunfar, o le dejo de la mano; que triunfe, y sabré ayudarle. ¡Exquisito, realmente exquisito!

—Y, mi querido Saccard, descanse tranquilo, triunfaremos… Vamos a hacer lo preciso para que así sea.


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