El dinero
El dinero Finalmente, una semana después de aquella abortada tentativa, Saccard experimentó el gozo de ver cómo aquel asunto, tan embarazado de obstáculos, se enderezaba bruscamente en sólo unos días. Daigremont acudió una mañana para decirle que contaba con todas las adhesiones y que se podía tirar adelante. Se estudió entonces por última vez el proyecto de estatutos y se redactó el acta de constitución de la sociedad. Lo que también resultaba muy oportuno para los Hamelin, a quienes la vida volvía a tratar con dureza. Él, desde hacía muchos años, no tenía más que un sueño, ser el ingeniero asesor de una gran casa de crédito: según sus propias palabras, ya se encargaría de llevar el agua al molino. Así, poco a poco, la fiebre de Saccard se fue apoderando de él, hasta que su ánimo se contagió del mismo celo e idéntica impaciencia. La señora Carolina, por el contrario, después de entusiasmarse ante la hermosura y utilidad de las cosas que se iban a llevar a cabo, aparentaba estar más fría, con gesto pensativo, en cuanto se entraba en la maleza y escabrosos terrenos de la ejecución. Su acentuado buen sentido, así como su ecuánime temperamento, olfateaban toda clase de agujeros oscuros y sucios; y temblaba sobre todo por su hermano, al que adoraba y a quien trataba a veces, riéndose, de «tonto perdido», pese a su saber, no porque sospechase lo más mínimo de la perfecta honradez de su amigo, al que contemplaba como simple interesado en su fortuna; pero sí experimentaba una singular sensación como de pisar terreno movedizo, una inquietud de caída y de sumersión, al primer paso en falso que pudiera darse.