El dinero
El dinero Saccard, desconcertado, no pudo hacer otra cosa que valerse de su simpatía para conseguir de ella una autorización, en vano solicitada hasta entonces. Se le había ocurrido la idea de que, desde el momento mismo de su fundación, el Banco universal fuera instalado en el propio hotel; o era por lo menos la señora Carolina quien le había hecho la sugerencia, puesto que él, viendo las cosas en un plano superior, habría querido en seguida un palacio. Se contentarían, pues, con instalar una vidriera en el patio para que sirviera de sala central; se convertirían en oficinas todos los bajos, las caballerizas y las cocheras; en el primer piso, cedería su salón que pasaría a convertirse en sala del consejo; su comedor y otras seis piezas más, pasarían también a ser despachos, y no guardaría para sí más que una alcoba y un cuarto tocador, a reserva de vivir arriba con los Hamelin, comiendo y pasando las veladas con ellos; de manera que, con poco gasto, instalarían el banco con cierta estrechez, pero de un modo firme y serio. La princesa, como propietaria, había empezado por negarse a ello, en su odio por todo tráfico de dinero: jamás su techo daría cobijo a semejante abominación. Después, ese día, involucrando la religión en el asunto, conmovida por la grandiosidad del fin, la princesa acabó consintiendo. Tratábase de una concesión extrema, y se sentía presa de un ligero escalofrío, cuando pensaba en aquella máquina infernal representada por una casa de crédito, una empresa de Bolsa y de agio, que dejaba establecer bajo sí misma, con sus rodajes de ruina y de muerte.