El dinero

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Así fue como, una mañana, subió Saccard a casa de la princesa, y, en su doble condición de amigo y hombre de negocios, estuvo explicándole la razón de ser y el mecanismo del Banco con el que soñaba. Lo contó todo; desplegó ante sus ojos la cartera de Hamelin, y no omitió hacer referencia ni a una de las empresas de Oriente. Y, dejándose llevar incluso por aquella facultad que le era inherente de embriagarse con su propio entusiasmo, de llegar hasta la fe por su ardiente deseo de triunfar, le soltó incluso lo de su loco sueño respecto a un papado en Jerusalén, hablándole del triunfo definitivo del catolicismo, del Papa evidenciando su trascendente personalidad en los Santos Lugares, dominando el mundo, asegurado con un presupuesto regio, merced a la creación del Tesoro del Santo Sepulcro. Como ardiente devota, apenas si se sintió afectada sólo por aquel supremo proyecto, por esa especie de coronación del edificio, cuya quimérica grandeza adulaba en ella esa desordenada imaginación que la impulsaba a desperdigar sus millones en buenas obras de un lujo colosal e inútil. Por aquel entonces, los católicos de Francia acababan de sentirse aterrados e irritados por el convenio que el emperador había concertado con el rey de Italia y a virtud del cual se comprometía, bajo ciertas condiciones de garantía, a retirar el cuerpo de ejército francés que ocupaba Roma; lo cierto era que ello significaba la entrega de Roma a Italia, veíase ya al Papa expulsado, reducido a pedir limosna, errando por las ciudades con el cayado de los mendigos; y, ¡qué desenlace tan prodigioso, volver a encontrarse el Papa como pontífice y rey en Jerusalén, instalado allí y sostenido por un banco respecto del que los cristianos del mundo entero tendrían como un honor ser accionistas! Tan hermoso era aquello, que la princesa la catalogó en seguida como la idea más grande del siglo, digna de apasionar a todo ser bien nacido que tuviera religión. El éxito le parecía asegurado, fulminante. Acrecentóse su estima para con el ingeniero Hamelin, a quien trataba con consideración, por haber sabido que era un católico practicante. Pero rehusó abiertamente figurar en el negocio; creyendo permanecer así fiel al juramento que había hecho de devolver sus millones a los pobres, sin sacar jamás de ellos un solo céntimo de interés; deseando que ese dinero del juego se perdiese, fuese absorbido por la miseria, cual si se tratara de un agua emponzoñada que debía desaparecer. El argumento de que los pobres se beneficiarían con la especulación, no llegaba a conmoverla e incluso la irritaba. ¡No, no!, la fuente maldita sería secada; ésa y no otra era la misión que a sí misma se había impuesto.


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