El dinero

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—¿Por qué no me pide acciones para quedárselas usted? —insistió Saccard queriendo zaherirla.

Ceceando y con su voz chillona que daba la impresión de estar burlándose, respondió la Méchain:

—¡Oh!, a mí personalmente, no es ése el género de operaciones que me interesa… Prefiero esperar.

Y, en aquel instante, con motivo de haber percibido el voluminoso bolso de cuero que nunca se separaba de ella, sintió como un escalofrío. Un día como aquel en que todo saliera a pedir de boca, el día mismo en que tan dichoso se sentía viendo nacer por fin la casa de crédito con que soñara, ¿vendría a representar aquella vieja tunanta el papel del hada perversa, la que hace mal de ojo a las princesas en la cuna? Presentíase lleno de valores depreciados, de títulos desvalorizados, ese bolso que se dedicaba a pasear por las oficinas de su naciente banco; y le parecía comprender que amenazaba con esperar tanto tiempo como fuera necesario, para enterrar en él todas sus acciones cuando la casa se hundiera. Significaba algo así como el graznido del cuervo que parte con el ejército en marcha, le sigue hasta la noche de la matanza, se cierne y se abate constantemente, sabiendo desde un principio que allí habrá muertos que devorar.

—Hasta la vista, señor —dijo la Méchain retirándose, casi sin aliento y muy cortésmente.


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