El dinero

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Una sola lámpara iluminaba el gabinete, por lo que no veía bien a la visitante.

—Es el señor Busch quien me envía, señor…

La cólera le mantuvo en pie, y ni siquiera le dijo que se sentase. Aquella voz endeble, en aquel cuerpo desbordante, hizo que reconociera a la señora Méchain. ¡Magnífica accionista, la tal compradora de acciones al peso!

Y se puso a explicar la señora con toda tranquilidad que Busch la enviaba para que le facilitara informes sobre la emisión del Banco universal. ¿Quedaban títulos disponibles? ¿Cabía esperar conseguirlos con la prima acordada a los sindicatarios? Pero, todo aquello no debía ser, con toda seguridad, sino un pretexto, una manera de entrar, de ver la casa, de espiar lo que allí se hacía, y de palparle a él mismo, porque sus diminutos ojos horadados a barrena en la grasienta carne de su rostro, no cesaban de escudriñarle hasta el alma. Busch, después de haber aguardado pacientemente durante mucho tiempo, madurando el famoso asunto del niño abandonado, se decidía a actuar y la enviaba como explorador.

—Ya no queda nada —respondió brutalmente Saccard.

Comprendió ella entonces que no sacaría nada más, y que sería imprudente intentar algo. Por ello, aquel día, sin darle tiempo a que la echara, fue ella misma quien dio un paso hacia la puerta.


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