El dinero

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—Pero —exclamó Saccard en tono de broma— en todo caso, ya lo estoy viendo, ¡la deja a mi lado como un gendarme, para agarrarme por las solapas si me comporto mal!

Los tres se echaron a reír.

—Y puede contar desde luego con que le echaré el guante si llega el caso… Recuerde lo que nos prometió, a nosotros primero y luego a tantos otros, por ejemplo al bueno de Dejoie, a quien le recomiendo de veras… ¡Ah!, y también a nuestras vecinas, esas pobres señoras de Beauvilliers, a quienes vi hoy vigilando el lavado de algunos trapos, que hacía la sirvienta, para aminorar sin duda la cuenta de la lavandera.

Durante unos momentos aún, estuvieron charlando los tres muy amistosamente, y la partida de Hamelin fue dispuesta de modo definitivo.

Cuando Saccard descendía de nuevo a su gabinete, le dijo el ayuda de cámara que una mujer se había obstinado en esperarle, a pesar de advertirle que había consejo y que con seguridad el señor no podría recibirla. Primero, cansado como estaba, se irritó mucho y dio orden de que la despidiera; después sin embargo, la idea misma de que se debía al éxito y el temor a que le cambiara la suerte, si cerraba su puerta, le hicieron variar de opinión. La ola de solicitantes aumentaba cada día, y aquella multitud llegaba a embriagarle.


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