El dinero

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Aquella lentitud provenía del propio Saccard, que, descontento con la mezquindad de la instalación, prolongaba los trabajos en razón a sus exigencias de lujo; y, no siéndole posible hacer retroceder las paredes, para dar satisfacción a su continuo sueño de lo descomunal, había acabado por enfadarse y descargar sobre la señora Carolina la tarea de despedir definitivamente a empresarios y contratistas. Vigilaba ésta, pues, la colocación de las últimas ventanillas. Había un número extraordinario de ellas; el patio, transformado en vestíbulo central, estaba rodeado por completo: ventanillas con rejas, severas y dignas, rematadas con bonitas placas de cobre, resaltando sus respectivos rótulos en letras negras. En suma que la instalación, aunque llevada a cabo en un local algo reducido respondía a una distribución feliz: en los bajos, los servicios que habían de estar en continuo contacto con el público, las diferentes cajas, las emisiones, todas las operaciones usuales bancarias; y, arriba, el mecanismo en cierto modo interior, la dirección, la correspondencia, la contabilidad, las oficinas de lo contencioso y del personal. De modo que, en un espacio tan restringido, se agitaban en total más de doscientos empleados. Y lo que impresionaba ya al entrar, incluso entre los empellones de los obreros que acababan de golpear sus clavos, mientras el oro sonaba en el fondo de las bacinetas, era aquel aire de severidad, un ambiente de probidad antigua, oliendo vagamente a sacristía, y que provenía sin duda del local mismo, de ese viejo hotel húmedo y oscuro, silencioso a la sombra de los árboles del jardín vecino. Producía la sensación de que se estaba penetrando en una mansión devota.


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