El dinero

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Y, antes de marcharse, aquellas señoras, quisieron darse el gusto de ver cómo sus pequeñas convalecientes se comían las tartinas que habían preparado. Una de ellas sobre todo era muy interesante, una rubita de diez años, con ojos ya despiertos y aires de mujer, la carne atropellada y enferma propia de los suburbios de París. Se trataba por lo demás de la historia común y corriente: un padre borracho que llevaba consigo a las amantes recogidas en el arroyo, que acababa de desaparecer con una de ellas; una madre que se había unido a otro hombre y luego a un tercero, sucumbiendo también ella a la bebida, y la pequeña, a quien tenían allí recogida, maltratada por todos aquellos machos, cuando no era que trataban de violarla. Una mañana, la madre se vio obligada a sacarla de brazos de un albañil, que ella misma trajera la víspera. Se permitía no obstante, a aquella madre miserable, venir a ver a su hija, por haber sido ella quien suplicó que la arrancasen de sus manos, habiendo guardado en su abyección un ardiente amor maternal. Y allí se encontraba casualmente; una mujer delgada y rubia, consumida, con los párpados quemados a fuerza de lágrimas, sentada a la cabecera del blanco lecho, donde su rapaza, muy bien aseada, con la espalda sobre unos almohadones, comía bonitamente sus rebanadas con dulce.

Reconoció a la señora Carolina, por haber estado en casa de Saccard en busca de ayuda.


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