El dinero

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—¡Ah! señora, aquí tiene usted a mi pobre Magdalena, a salvo una vez más. Es nuestra propia desdicha lo que lleva en la sangre, ¿sabe usted?, y el médico me ha dicho seriamente que no viviría si continuaba en casa, expuesta a toda clase de atropellos… Aquí, en cambio, le dan carne y vino; además respira a gusto y está tranquila… Se lo ruego, señora, tenga la bondad de decir a ese buen señor, que no vivo una sola hora de mi existencia sin bendecirle.

El sollozo la ahogaba, su corazón se estremecía de agradecimiento. Era de Saccard de quien hablaba, pues a nadie conocía sino a él, como la mayor parte de los padres que tenían hijos recogidos en la Obra del Trabajo. La princesa de Orviedo no aparecía para nada, mientras que él se había prodigado durante mucho tiempo, poblando materialmente la Obra, acumulando allí todas las miserias del arroyo para ver funcionar más rápidamente aquella caritativa máquina cuya creación se debía a él en cierto modo; por lo demás, apasionándose como siempre, distribuyendo monedas de cien sueldos de su propio peculio entre las acongojadas familias cuyos pequeños ponía a salvo. Y quedaba como el solo y auténtico buen Dios bondadoso, para todos aquellos miserables.

—¿Querrá usted hacerlo, señora?, dígale que perdida por esos mundos de Dios, existe una pobre mujer que no cesa de rogar por él…


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