El dinero

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A continuación, el informe hacía referencia al futuro, y aquí era de apreciar un brusco ensanchamiento, el más amplio horizonte abierto a toda una serie de grandes empresas. Insistía particularmente con respecto a la Compañía general de Vapores reunidos, cuya emisión de acciones había de llevar a cabo el Universal: una compañía, con capital de cincuenta millones, que vendría a monopolizar todos los transportes del Mediterráneo, y en la que figurarían sindicadas las dos grandes sociedades rivales, la Focense, por Constantinopla, Esmirna y Trebisonda, por el Pireo y los Dardanelos, y la Sociedad Marítima, por Alejandría, por Messina y Siria, sin contar las casas de menor importancia que entraban en el sindicato, los Combarel y compañía para Argelia y Túnez, la viuda de Henri Liotard, también para Argelia, para España y Marruecos, los Féraud-Giraud, en fin, para Italia, Nápoles y las ciudades del Adriático, por Civita-Vecchia. Se conquistaría el Mediterráneo entero, formando una sola compañía con esas sociedades y casas rivales que se mataban las unas a las otras. Gracias a los capitales centralizados podrían construirse vapores modelos, de una velocidad y de un confort desconocidos, se multiplicarían las salidas, crearíanse nuevas escalas, se conseguiría hacer de Oriente un suburbio de Marsella; y, ¿qué importancia no adquiriría la Compañía, cuando, una vez acabado el canal de Suez, le fuera autorizado crear servicios para las Indias, Tonkín, la China y el Japón? Jamás había surgido negocio de una concepción más amplia y al propio tiempo más segura. Vendría después el apoyo dado al Banco nacional turco, con relación al cual el informe suministraba largos detalles técnicos, que demostraban la inquebrantable solidez. Y terminaba aquella exposición de futuras actividades, anunciando que el Universal tomaba asimismo bajo su patrocinio a la Sociedad francesa de minas de plata del Carmelo, fundada con un capital de veinticinco millones. Análisis químicos llevados a cabo indicaban la existencia en las muestras del mineral, de una proporción considerable de plata. Pero, más aún que la ciencia, la antigua poesía de los santos lugares hacía chorrear aquella plata en forma de lluvia milagrosa, deslumbramiento divino con que Saccard había puesto fin a una frase de la que se sentía muy orgulloso.


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