El dinero
El dinero Cuando Hamelin terminó la lectura de la memoria, se produjo un murmullo de aprobación. Aquello resultaba perfecto, no había nada a objetar. Durante todo el tiempo que duró la lectura, Daigremont, sumido por entero en un cuidadoso examen de sus uñas, había esbozado alguna que otra sonrisa, reflejo de algún vago pensamiento; y el diputado Huret, medio tumbado en su butaca, con los párpados cerrados y casi dormido, se imaginaba estar en la Cámara; en tanto que Kolb, el banquero, tranquilamente, sin esconderse, se había entregado a un largo cálculo que llevaba a cabo sobre algunas hojas de papel que tenía ante sí, lo mismo que los demás administradores. Sédille, sin embargo, siempre ansioso y desconfiado, quiso hacer una pregunta: ¿Qué sería de las acciones abandonadas por aquellos accionistas que no quisieran hacer uso de su derecho?, ¿las guardaría la sociedad en su cuenta, lo que desde luego resultaba ilícito, puesto que la declaración legal, ante notario, no podía tener lugar hasta que el capital hubiera sido íntegramente suscrito?; y si se desembarazaba de ellas, ¿a quién y cómo contaba cederlas? Pero, a las primeras palabras pronunciadas por el fabricante de seda, el marqués de Bohain, viendo la impaciencia de Saccard, le cortó la palabra, diciendo con su aire noblote, que el consejo, en tales cuestiones de detalle se remitía a su presidente y al director, tan competentes y consagrados los dos. Y ya no hubo allí otra cosa que congratulaciones a porfía, y la sesión fue levantada en medio de una general expresión de contento.