El dinero

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Al día siguiente, la junta general dio lugar a manifestaciones realmente enternecedoras. Se celebró una vez más en el salón de la calle Blanche, donde un empresario de bailes públicos había ido a la quiebra; y, antes de la llegada del presidente, en aquel salón lleno, corrían los mejores rumores, uno sobre todo que se cuchicheaba al oído: violentamente atacado por la creciente oposición, Rougon, el ministro, el hermano del director, estaba dispuesto a favorecer al Universal, si el periódico de la sociedad, La Esperanza, un antiguo órgano católico, defendía al gobierno. Un diputado de la izquierda acababa de lanzar el terrible grito: «¡El dos de diciembre es un crimen!», qué había resonado de uno a otro extremo de Francia, como una especie de despertar de la conciencia pública. Se hacía necesario responder con grandes actos, la próxima Exposición universal decuplicaría la cifra de los negocios, iba a ganarse de firme en Méjico y en otros sitios, con el triunfo del imperio en su apogeo. Y, entre un pequeño grupo de accionistas que adoctrinaban Jantrou y Sabatani, se comentó con grandes risas la ocurrencia de otro diputado que, cuando la discusión sobre el ejército, había salido con la extraordinaria ocurrencia de proponer que se estableciese en Francia el sistema de reclutamiento de Prusia. La Cámara se había divertido de lo lindo: ¡precisaba, en efecto, que el terror que inspiraba Prusia turbase ciertos cerebros, como consecuencia del asunto de Dinamarca y bajo la angustia del odio sordo que nos guardaba Italia después de Solferino! Pero el ruido de las conversaciones particulares, así como el gran murmullo que imperaba en el salón, decayeron bruscamente, cuando hicieron su aparición Hamelin y la mesa de la asamblea. Más modesto aún que en el consejo de vigilancia, Saccard procuraba eclipsarse, perdido en medio de la multitud; y se contentó con dar la señal de que se iniciaran los aplausos, aprobando la memoria o informe que sometía a la junta las cuentas del primer ejercicio, revisadas y aceptadas por los comisarios-censores, Lavignière y Rousseau, proponiéndole asimismo doblar el capital. Tan sólo ella era competente para autorizar ese aumento, que decidió por lo demás con entusiasmo, absolutamente embriagada por los millones de la Compañía general de Vapores reunidos y del Banco nacional turco, reconociendo la necesidad de poner el capital en relación con la importancia que el Universal iba a tener muy pronto. En cuanto a las minas de plata del Carmelo, fueron acogidas con un estremecimiento casi religioso. Y cuando los accionistas se hubieron separado, expresando su voto de gracias al presidente, al director y a los administradores, todos se pusieron a soñar en el Carmelo, en aquella milagrosa lluvia de plata, cayendo sobre los santos lugares, en medio de una gloria consagrada.


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