El dinero

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Casi a diario, Saccard subía de esa manera al periódico, después de la sesión de Bolsa, y muy a menudo también daba citas en la pieza que para sí había reservado, tratando allí de negocios especiales y misteriosos. Jantrou, por lo demás, aunque oficialmente no fuese más que el director de La Esperanza, donde escribía artículos políticos con una literatura universitaria esmerada y florida, que sus propios adversarios reconocían como «del más puro aticismo», venía a ser también su agente secreto, el obrero sumiso y complaciente tratándose de labores delicadas. Y, entre otras cosas, él era quien acababa de organizar toda una amplísima publicidad alrededor del Universal. De entre las pequeñas publicaciones financieras que pululaban por ahí, había escogido y llegado a adquirir una decena de ellas. Las mejores de esas hojas publicitarias pertenecían a casas de banca de dudoso comportamiento, cuya táctica, muy sencilla por lo demás, consistía en publicarlas y darlas por dos o tres francos al año, suma que ni siquiera representaba el precio del franqueo; y se recuperaban por otra parte, traficando con el dinero y los títulos de los clientes que les traía el periódico. So pretexto de publicar las cotizaciones de Bolsa, los números salidos en los sorteos de valores, así como los informes técnicos que pudieran resultar útiles al pequeño rentista, poco a poco, iban deslizando también reclamos, en forma de recomendaciones y consejos, al principio modestos, razonables, pero muy pronto ya sin mesura alguna, de una impudicia tranquila y descarada, sugiriendo la ruina entre los abonados crédulos. En ese montón informe, de entre dos o trescientas publicaciones de esas, que causaban verdadero estrago en París y en Francia entera, su olfato le había llevado a escoger aquellas que aún no habían mentido con exceso, que no estaban muy desacreditadas. Pero el negocio redondo que meditaba, consistía en comprar una de ellas, La Cote financière, que llevaba doce años de probidad absoluta; mas, como tanta probidad costaría cara, esperaba para ello a que el Universal fuera más rico y se encontrase en una de esas situaciones en que un último trompetazo determina las ensordecedoras campanadas del triunfo. Su esfuerzo por lo demás, no se había limitado a agrupar un batallón dócil de esas hojas especiales, para elogiar en cada número la belleza y calidad de las operaciones de Saccard; trataba también a destajo con los grandes periódicos políticos y literarios, manteniendo con ellos un intercambio de notas amables, de artículos elogiosos, sobre la base de a tanto la línea; asegurando su colaboración mediante regalos de títulos, cuando tenían lugar las nuevas emisiones. Sin hablar, naturalmente, de la cotidiana campaña llevada bajo sus órdenes por La Esperanza, pero no en el sentido de una campaña brutal, de violento beneplácito, sino más bien de explicaciones, valiéndose de la misma discusión como arma, una forma lenta de hacerse con el público y de estrangularlo correctamente.


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