El dinero
El dinero Aquel día, era para hablar del periódico por lo que Saccard se había encerrado con Jantrou. Había encontrado, en el número de la mañana, un artículo de Huret elogiando de modo tan desmedido un discurso de Rougon, pronunciado la víspera en la Cámara, que le había hecho encolerizarse sobremanera; siendo ésa también la causa de que esperase el diputado, dispuesto a tener una explicación con él. ¿Se le creía acaso a sueldo de su hermano?, ¿se le pagaba quizás para que dejase comprometer la línea del periódico a través de una aprobación sin reserva de los pequeños actos del ministro? Cuando le oyó hablar de la línea del periódico, Jantrou esbozó una muda sonrisa. Escuchábale por lo demás con mucha serenidad, mirándose distraídamente las uñas, desde el momento en que la tormenta no amenazaba con estallar sobre sus hombros. Él con su cinismo de literato desengañado, sentía el más profundo desdén hacia la literatura, lo mismo para con la primera que respecto de la segunda, como él decía refiriéndose a las páginas del periódico en que aparecían publicados los artículos, incluso los suyos; y no empezaba a inmutarse hasta llegar a los anuncios. En la actualidad, no podía estar más flamante, ceñido en una elegante levita, en cuyo ojal florecía una roseta de vivos colores, llevando al brazo en verano, un fino paletó de color claro, y cobijado en invierno en un abrigo de pieles de cien luises, cuidando sobre todo su peinado, los sombreros irreprochables, relucientes como espejos. Con todo, eran de observarse huecos en su elegancia; produciendo su figura la vaga impresión de un persistente abandono por dentro, la antigua roña del profesor descalificado, caído desde el liceo de Burdeos en la Bolsa de París, con la piel saturada y teñida de las suciedades inmundas que allí había estado soportando durante diez años, al igual que, en la arrogante seguridad de su nueva fortuna, existían también humildades bajunas, como si tratara de esconderse en un momento dado, presa del brusco miedo a recibir algún puntapié en el trasero, como le ocurriera otras veces. Ganaba cien mil francos al año, y volatilizaba el doble, no se sabía en qué, pues no tenía querida; atenazado sin duda por algún vicio innoble, la causa secreta que le había hecho saltar de la Universidad. El ajenjo, por lo demás, le devoraba poco a poco, desde sus días de miseria, siguiendo su obra, desde los infames cafés de otros tiempos al lujoso círculo de hoy, segando sus últimos cabellos, dando un tono plomizo a su cráneo y a su cara, cuya negra barba en forma de abanico subsistía como única gloria, una barba de hombre guapo que aún producía efecto. Y habiendo vuelto Saccard a invocar la línea del periódico, le había detenido con un gesto, con ese fatigado semblante de un hombre que, no estando dispuesto a perder su tiempo en apasionamientos inútiles, se decidía a hablarle de asuntos serios, puesto que Huret se hacía esperar.