El dinero
El dinero Desde algún tiempo atrás, Jantrou alimentaba nuevas ideas de publicidad. Se le había ocurrido en primer lugar escribir un folleto, una veintena de páginas, sobre las grandes empresas que proyectaba el Universal, pero dando más bien a esa literatura el interés de una pequeña novela, dramatizada en un estilo familiar; y su propósito era inundar el ambiente provinciano con aquel folleto, que se distribuiría gratuitamente, hasta llegar al fondo de las más apartadas campiñas. En seguida, proyectaba crear una agencia que redactaría y haría autografiar un boletín de la Bolsa, para ser enviado a un centenar de los mejores periódicos de los departamentos: se les regalaría el boletín en cuestión, o pagarían por él un precio irrisorio, y, de esa manera, tendrían muy pronto en las manos un arma poderosa, una fuerza con la cual todas las casas de banca rivales deberían forzosamente contar. Conociendo a Saccard, le sugería de ese modo sus ideas, hasta que éste las llegaba a adoptar, haciéndolas suyas y ampliándolas incluso hasta el extremo de que las volvía a crear realmente. Transcurrían los minutos y ambos se habían puesto a regular el empleo de fondos para la publicidad del trimestre, las subvenciones que deberían pagar a los grandes periódicos, tratando asimismo del terrible boletinista de una casa rival, cuyo silencio era preciso comprar, de cómo tomar parte en la puesta a subasta de la cuarta página de una hoja publicitaria muy antigua y muy respetada. Y, de su prodigalidad, de todo aquel dinero repartido de esta manera y con alboroto a los cuatro vientos, se desprendía, sobre todo, el inmenso desdén sentido hacia el público, el desprecio de su mentalidad de hombres de negocios para con la ignorancia del rebaño, dispuesto a creer todos los cuentos, de tal modo cerrado a las complicadas operaciones de la Bolsa que los cebos más desvergonzados enardecían a los viandantes y hacían llover los millones.