El dinero
El dinero Cuando aún andaba Jordan en busca de las cincuenta líneas que le faltaban para completar sus dos columnas, fue importunado por Dejoie, que le llamaba.
—¡Ah! —repuso—, ¿está ya solo el señor Jantrou?
—No, señor Jordan, todavía no… Su mujer es la que está allí y pregunta por usted.
Muy inquieto, Jordan salió precipitadamente. Hacía ya algunos meses, desde que la Méchain había descubierto por fin que escribía con su nombre en La Esperanza, estaba acosado por Busch, con motivo de los seis pagarés de cincuenta francos, firmados en otro tiempo a un sastre. La suma de trescientos francos a que ascendían los pagarés, aún la hubiera pagado; pero lo que le exasperaba era la enormidad de las costas, ese total de setecientos treinta francos con quince céntimos, a que ascendía la deuda en la actualidad. Había aceptado sin embargo una componenda y se comprometió a pagar cien francos por mes; pero, como no le era posible hacerlo, dado que su joven hogar le apremiaba con sus necesidades, el resultado es que cada mes los gastos subían, volviendo a empezar los disgustos hasta hacerse intolerables. En aquel momento, atravesaba de nuevo por una de esas crisis agudas.
—¿Qué ocurre? —preguntó a su mujer, a quien encontró en la antesala.