El dinero
El dinero Pero, sin haber tenido tiempo material para contestar al marido, se abrió violentamente la puerta del gabinete del director y en el umbral de la misma aparecía Saccard gritando:
—¡Ah!, ¡al fin Dejoie!, ¿y el señor Huret?
Aturdido, el mozo de la oficina balbuceó:
—¡Qué quiere que le diga, señor!, no está aquí, y no me es posible hacerle venir más deprisa.
La puerta fue cerrada de nuevo tras un juramento, y Jordan que había llevado a su mujer a uno de los despachos vecinos para interrogarla cómodamente, le preguntó:
—¿Qué sucede entonces, querida?
Marcela, tan alegre y resuelta por lo general, cuya menuda figura regordeta y morena, de semblante juvenil, ojos sonrientes y boca sana, constituía la fiel expresión de la dicha, incluso en las horas difíciles, aparecía completamente trastornada.
—¡Oh!, Pablo, si supieras, ha venido un hombre, ¡oh!, un tipo vil y repugnante, que olía mal y que había bebido a mi entender… Me dijo entonces que se había acabado todo, y que la venta de nuestros muebles estaba fijada para mañana… Y llevaba consigo un anuncio, que estaba empeñado en pegar abajo, en la puerta…
—Pero ¡si no puede ser! —gritó Jordan—. No he recibido ningún aviso, son precisas otras formalidades.