El dinero

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—¡Sí, sí!, ¡que te crees tú eso!, todavía sabes menos que yo. Cuando traen papeles, ni siquiera los lees… Entonces para que no pegase el cartel, le di dos francos, y me vine a toda prisa para prevenirte cuanto antes.

Los dos se desesperaron. Su pobre y reducido ajuar de la avenida de Clichy, ¡esos cuatro muebles de caoba y de tafetán acanalado color azul, pagados tan difícilmente, a tanto por mes, de los que tan orgullosos estaban, aunque a veces se rieran de ellos por encontrarlos de un gusto burgués abominable! Amaban entrañablemente ese modesto ajuar porque había formado parte de su dicha, desde la misma noche de bodas, en aquellas dos reducidas piezas, tan soleadas, con tan hermosas vistas, que alcanzaban por allá, hasta el monte Valérien; ¡con la de clavos que él había clavado allí, y lo que ella se había ingeniado para cubrirlas de cortinajes, con los que dar a la estancia un aspecto artístico y decorativo! ¿Sería posible que fuesen a venderles todo aquello, que les echaran de aquel amable rincón, en donde incluso la miseria resultaba una delicia para ambos?

—Escucha —le dijo a su mujer— me proponía pedir un anticipo, haré cuanto esté en mi mano, pero no tengo grandes esperanzas.

Ella entonces, vacilante, le confiĂł su idea.


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