El dinero
El dinero —Espera, fíjate en lo que había pensado… ¡Oh!, conste que en ningún caso hubiera hecho nada sin tu aprobación; y buena prueba de ello, es que vine para hablarlo contigo… Sí, tengo ganas de hablar con mis padres.
Él se negó abiertamente.
—¡No, no, jamás! Bien sabes tú que no quiero deberles nada.
En verdad que los Maugendre seguían siendo un sólido recurso. Pero él conservaba en su corazón la huella de su fría actitud, cuando, después del suicidio de su padre, en el derrumbamiento de su fortuna, no habían consentido el matrimonio durante tanto tiempo proyectado de su hija, más que ante la decidida voluntad de ésta, y tomando contra él hirientes precauciones, entre ellas la de no darles un céntimo, convencidos de que un muchacho que escribía en los periódicos, lo comería todo. Más tarde, heredaría su hija. Y ambos, ella tanto o más que él, habían puesto hasta entonces una especie de amor propio coqueto en vivir muriéndose de hambre, sin pedir nada a los padres, fuera de la comida que hacían en su casa, una vez por semana, el domingo por la noche.