El dinero
El dinero Hamelin no pudo venir otra vez de Oriente, para presidir la junta general extraordinaria, y escribió a su hermana una carta llena de inquietud, en la que le expresaba sus temores respecto de aquella forma de conducir el Universal, al galope, a un ritmo tan loco. Adivinaba sin lugar a dudas que en casa del notario Lelorrain, se habían hecho una vez más, declaraciones que no respondían a la realidad. En efecto, todas las acciones nuevas no fueron legalmente suscritas, y la sociedad quedó como propietaria de los títulos rehusados por los accionistas; y, al no haber sido realizadas las entregas de dinero, mediante una combinación de escrituras, habían ido a parar los títulos a la cuenta de Sabatani. Aparte de ello, otra serie de testaferros, de empleados y administradores, habían permitido a la sociedad suscribirse a su propia emisión; de forma que retenía entonces cerca de treinta mil de sus acciones, representando una suma de diecisiete millones y medio. Y aparte de que era ilegal, la situación podía convertirse en peligrosa, pues la experiencia ha demostrado que toda casa de crédito que juega con sus propios valores, está perdida. Pero, la señora Carolina no dejó de contestar menos alegremente a su hermano, bromeando y diciéndole que ahora era él, el medroso, hasta el punto de ser ella, meticulosa antaño, la que debía tranquilizarle. Le decía estar siempre vigilando, no ver nada sospechoso y estar maravillada, por el contrario, con las realidades, claras y lógicas, que palpaba. La verdad era que ella no sabía naturalmente nada de cuanto se le ocultaba, y que, por lo demás, su admiración hacia Saccard, la emoción de simpatía en que la sumían la actividad e inteligencia de aquel hombre menudo, la cegaban por completo.