El dinero

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En diciembre, el cambio de mil francos fue rebasado. Y entonces, frente al Universal triunfante, la alta banca llegó a resentirse, Gundermann fue encontrado en la plaza de la Bolsa, con aire distraído, entrando a comprar bombones en la confitería, con su paso automático. Había pagado sus ocho millones de pérdida, sin exhalar una queja, sin que ninguno de sus familiares hubiera llegado a sorprender en sus labios palabra alguna de cólera o de rencor. Cuando perdía en esa forma, cosa rara por lo demás, decía de ordinario que le estaba bien empleado, que eso le enseñaría a ser menos aturdido; y las gentes solían responder con una sonrisa, pues el atolondramiento en Gundermann no era cosa fácil de imaginar. Esta vez sin embargo, la dura lección recibida debió penetrar en lo más hondo de su corazón; la sola idea de haber sido vencido por aquel temerario de Saccard, ese loco apasionado, él precisamente que jamás se inmutaba, tan controlador de los hechos y de los hombres, se le hacía insoportable con toda seguridad. Por lo mismo y desde aquel entonces, estuvo al acecho, seguro de su desquite. En seguida y ante el exceso de admiración con que era acogido el Universal, había tomado posiciones como observador convencido de que los éxitos demasiado rápidos, las prosperidades equívocas llevaban a los peores desastres. Sin embargo, el cambio de mil francos aún resultaba razonable, y por ello prefería esperar para situarse a la baja. Su teoría era que, tratándose de la Bolsa, no resultaba factible provocar los acontecimientos; que, todo lo más, cabía preverlos y aprovecharse de los mismos cuando se han producido. Sólo la lógica imperaba, y en materia de especulación como en lo demás, la verdad venía a ser una fuerza omnipotente. En cuanto se exagerasen las cotizaciones, caerían inmediatamente por su propio peso: la baja tendría entonces lugar en forma matemática, y allí se hallaría él simplemente para ver cumplirse su predicción y embolsarse las ganancias. Y, ya fijaba como tope el cambio de mil quinientos francos, para su entrada en la liza. Al llegar la cotización a mil quinientos, empezó por vender acciones del Universal, en pequeñas dosis al principio, más en cada liquidación; todo ello según un plan trazado de antemano. Para nada precisaba de un sindicato de jugadores a la baja, él solo se bastaba, las gentes cuerdas en seguida tendrían la clara visión de la verdad y secundarían su juego. Aquel estrepitoso Universal, ese Universal que empachaba el mercado con tanta rapidez y que se cernía como una amenaza frente a la alta banca judía, esperaba Gundermann a que se agrietase por sí mismo, para tumbarlo al suelo de un empellón.


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