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Surgió sin embargo una complicación, pues se dio el caso de que la señora Carolina, que pasaba por el barrio de Montmartre, tuvo la ocurrencia de subir al periódico. Solía dejarse caer por allí de ese modo, para dar alguna respuesta a Saccard, o simplemente para saber noticias. Conocía además a Dejoie a quien ella misma había colocado allí, y se detenía siempre unos minutos para charlar con él, satisfecha del agradecimiento que le testimoniaba. Ese día, al no haberle encontrado en la antesala, enfiló el pasillo, tropezando con él cuando volvía de estar escuchando en la puerta. Ahora ya, aquella mala costumbre venía a ser una enfermedad en él, temblaba de fiebre, aplicaba el oído a todas las cerraduras, para sorprender los secretos de Bolsa. Sólo que, lo que había oído y comprendido esta vez, le había causado cierto disgusto; y sonreía con semblante incierto.

—Está ahí, ¿no es eso? —dijo la señora Carolina, haciendo ademán de querer entrar.

Él, balbuceante, la había cerrado el paso, sin tener tiempo para mentir.

—Sí, está ahí, pero no puede entrar.

—¿Cómo?, ¿que no puedo entrar?

—No, está con una señora.


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