El dinero
El dinero Al oírle, palideció totalmente, y él, que no sabía nada de la situación, no hacía más que guiñarle el ojo, alargar el cuello, como indicándole con una mímica expresiva, la realidad de la aventura.
—¿Quién es esa señora? —preguntó ella secamente.
Ninguna razón había para ocultarle el nombre, precisamente a ella, su bienhechora. Y acercándosele al oído la dijo:
—La baronesa Sandorff… ¡Oh! ¡hace ya mucho tiempo que ella le anda rondando!
Durante unos instantes la señora Carolina permaneció inmóvil. En la oscuridad del pasillo, no podía apreciarse la pálida lividez de su rostro. Acababa de experimentar, en lo más hondo de su corazón, un dolor tan agudo, tan atroz, que jamás recordaba haber sufrido tanto; y el estupor que la produjera aquella espantosa afrenta, la tenía allí como clavada. ¿Qué hacer ahora, echar abajo aquella puerta, arrojarse sobre esa mujer, afrentar a los dos con un escándalo?
Y, mientras seguía así, sin voluntad aún, aturdida por completo, fue alegremente abordada por Marcela que subía para buscar a su marido. Hacía poco que conocía a la joven.