El dinero
El dinero Llevaba escribiendo cerca de media hora, cuando la necesidad de consultar un documento desvió su atención sumiéndola en una larga búsqueda por entre los expedientes amontonados sobre la mesa. Se levantó, fue a remover otros papeles, y volvió a sentarse, con las manos llenas; y, estando en esa tarea de ordenar papeles sueltos, fijó de repente su atención en unas estampas de carácter religioso, una vista iluminada del Santo Sepulcro y una oración ornamentada en su derredor con instrumentos de la Pasión, infalible y eficaz para asegurar la salvación en los momentos de angustia que suponen peligro para el alma. Hizo memoria entonces y recordó que su hermano había comprado aquellas estampas en Jerusalén, como muchacho piadoso. Sintióse sobrecogida por una súbita emoción, las lágrimas humedecieron sus mejillas. ¡Ah! aquel hermano, tan inteligente y tanto tiempo desconocido, ¡cuán dichoso era siendo creyente, sin sonreír ante ese cándido Santo Sepulcro semejante a una caja de bombones, sabiendo extraer una serena fuerza en su fe por la eficacia de aquella oración, rimada en versos de confitero! Volvía a verle en su mente muy confiado, demasiado fácil de embaucar quizás, pero tan recto, tan tranquilo, sin rebelarse nunca ni luchar siquiera. Y ella que llevaba dos meses luchando y sufriendo, despojada de toda creencia, quemada por perniciosas lecturas, devastada por los raciocinios, ¡con qué ardor deseaba, en las horas de debilidad, haber seguido siendo sencilla e ingenua como él, hasta el punto de poder adormecer su sangrante corazón, repitiendo tres veces, mañana y noche, la oración infantil que aparecía enmarcada con los clavos, la lanza, la corona y la esponja de la Pasión!