El dinero
El dinero Al día siguiente de la brutal fatalidad que la hiciera sabedora del nexo existente entre Saccard y la baronesa de Sandorff, la señora Carolina supo investirse del valor suficiente para resistir al impulso de vigilarlos y de enterarse. No era en absoluto la mujer de aquel hombre, y no quería tampoco, en modo alguno, ser su amante apasionada, celosa hasta llegar al escándalo; y su calamidad consistía en que continuaba sin rehusarle, en su intimidad de cada hora. Provenía todo ello de la forma sosegada, simplemente afectuosa, que desde el principio imprimiera a la aventura de ambos: una amistad que fatalmente había conducido a la entrega de la persona, como ocurre siempre entre hombre y mujer. No contaba ya veinte años, habiéndose convertido en una mujer de gran tolerancia después de la dura experiencia de su matrimonio. A los treinta y seis años, siendo tan cuerda, creyéndose sin ilusiones, ¿no podía acaso cerrar los ojos, comportarse más como madre que como amante, respecto de ese amigo al que se había entregado tardíamente, en un instante de ausencia moral, y que, también él por su parte, había sobrepasado singularmente la edad de los héroes? Decíase a sí misma muchas veces que se concedía demasiada importancia a esas relaciones entre uno y otro sexo, simples encuentros muy a menudo pero que entrañaban luego un desasosiego durante toda la existencia. Por lo demás, ella sonreía la primera de la inmoralidad de sus reparos, pues ¿no estaban permitidas todas las faltas, de todas las mujeres a todos los hombres? Y, sin embargo, ¡cuántas mujeres son las que saben ser razonables aceptando el reparto con una rival, a las que la práctica corriente hace que se convierta en feliz tolerancia su celosa idea de la posesión única y total! Pero todos esos razonamientos sólo eran formas teóricas para hacer la vida soportable; ella tenía que poner mucho empeño en forzarse a la abnegación, para continuar siendo la intendente devota, la servidora de inteligencia superior que hace voluntaria entrega de su cuerpo, una vez que ha dado su corazón y su cerebro: una rebelión de su carne, de su pasión, soliviantaba todo su ser, sufría horriblemente por no saberlo todo, al no decidirse y romper violentamente, después de haberle echado en cara a Saccard el daño espantoso que le causaba. Sin embargo, había conseguido refrenarse, hasta el punto de permanecer silenciosa, tranquila y sonriente, y jamás, en su hasta entonces tan ruda existencia, había precisado de más esfuerzo de ánimo.