El dinero
El dinero Durante unos instantes estuvo contemplando las estampas de santidad, que seguía teniendo en sus manos, con dolorosa sonrisa de incrédula, aunque conmovida de ternura. Pero no las veía ya, trataba de reconstruir en su mente lo que Saccard pudiera haber hecho la víspera, lo que estaba haciendo aquel mismo día, merced a un trabajo involuntario e incesante de su espíritu, que volvía por instinto a aquella labor de espionaje, en cuanto dejaba de darle ocupación. Saccard por lo demás, parecía llevar su vida de siempre, por la mañana el trajín de su dirección, por la tarde la Bolsa, y por la noche las invitaciones a cenas, la asistencia a las primeras representaciones de espectáculos, una vida de placeres, plagada de artistas teatrales que no causaban en ella ninguna clase de celos. Y, sin embargo, notaba a ojos vistas, un nuevo interés en él, algo que le consumía horas enteras, ocupadas antes de otro modo; indudablemente aquella mujer, citas en cualquier sitio que ella misma se vedaba llegar a conocer. Todo ello la convertía en suspicaz y desconfiada, y aun a pesar suyo, se ponía a «hacer la gendarme», como decía su hermano riéndose, incluso con respecto a los asuntos del Universal, que ella había dejado de vigilar; hasta tal punto se iba acrecentando por momentos su confianza en aquel hombre. La afectaban y entristecían ciertas irregularidades; aunque observaba luego con gran sorpresa por su parte que, en el fondo, se burlaba de todo ello, le tenía sin cuidado; como le asombraba asimismo no sentirse con fuerzas para hablar ni actuar; hasta tal punto una sola angustia cohibía su corazón: aquella traición que hubiera querido aceptar y que la producía sofoco. Y, avergonzada al notar que las lágrimas acudían de nuevo a sus ojos, escondió las estampas con el mortal lamento de no poder ir a arrodillarse y tranquilizar su espíritu en una iglesia, llorando durante horas las lágrimas todas de su cuerpo.