El dinero

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Al cabo de diez minutos, la señora Carolina, calmada ya, se había puesto de nuevo a redactar la memoria, cuando el ayuda de cámara vino a decirle que Carlos, un cochero despedido la víspera, se había empeñado en hablar con la señora. Había sido Saccard quien, después de haber contratado él mismo sus servicios, le había sorprendido robando en el depósito de avena. Vaciló unos instantes, pero luego consintió en recibirle.

Alto, buen mozo, con el rostro afeitado, contoneándose con ese aire seguro y fatuo de los hombres que se dejan pagar por las mujeres, Carlos se presentó insolentemente.

—Señora, se trata de las dos camisas que me perdió la lavandera y que se niega a abonarme. Comprenderá la señora, sin duda, que no puedo consentir por mi parte semejante pérdida… Y como la señora es responsable quiero que me resarza del daño, abonándome el precio de mis camisas… Sí, quiero quince francos.

En esas cuestiones de administración hogareña, mostrábase ella muy severa. Quizás habría pagado los quince francos, para evitar toda discusión. Pero la insolencia de aquel hombre, cogido la víspera por sorpresa y hallándose en pleno desvalijo, la indignó sobremanera.


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