El dinero
El dinero A las cuatro, cuando llegó Saccard, la baronesa Sandorff, se hallaba ya allí, echada en el diván delante del fuego. Acostumbraba a ser muy puntual como mujer de negocios que conoce el precio del tiempo. Las primeras veces, él había sufrido la desilusión de no encontrar la ardorosa amante que esperaba, en aquella mujer tan morena, de azulados párpados y provocador aspecto de bacante en locura. Era más bien mármol puro, cansada sin duda de su inútil esfuerzo en busca de una sensación que nunca llegaba, dominada enteramente por el juego, cuya angustia al menos conseguía recalentarle la sangre. Después, habiendo apreciado en ella la curiosidad, exenta de repugnancia, resignada a la manera si creía descubrir en ello un nuevo estremecimiento, consiguió depravarla, obteniendo de ella todo género de caricias. Se dedicaba a hablarle de Bolsa, le sacaba informes; y, como con ayuda del azar, qué duda cabe, aumentaron sus ganancias después de haberse unido a él, trataba un poco a Saccard en calidad de fetiche, lo mismo que un objeto recogido en el suelo, que se guarda y se besa, aun tratándose de algo sucio, por la suerte que pueda a uno traerle.