El dinero

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Clarisa, una joven rubia y delgada, acababa simplemente de traicionar a su dueña, ofreciéndole a Delcambre sorprenderla con otro hombre, en el propio alojamiento que él pagaba. Había empezado por exigir quinientos francos; pero como era extraordinariamente avaro, y después de un largo regateo, hubo de contentarse con doscientos francos, pagaderos a tocateja, en el momento en que ella le abriese la puerta de la alcoba. La sirvienta dormía en un cuartito existente detrás del tocador. La baronesa había contratado sus servicios, como un acto de delicada prudencia, y para no tener que confiar el cuidado del apartamento a la portera. Permanecía por lo general ociosa, sin posibilidad de hacer nada entre las citas, en el fondo de aquel aposento vacío, eclipsándose por lo demás, desapareciendo en cuanto llegaban Delcambre o Saccard. Era aquella casa donde Clarisa había conocido a Carlos, que estuvo durante mucho tiempo yendo por la noche, a ocupar con ella el espacioso lecho de los amos, devastado aún por la orgía de la jornada; e incluso fue ella quien le había recomendado a Saccard como buen muchacho y muy de confianza. Desde su despido, ella compartía su rencor, sobre todo porque su dueña le hacía «groserías», sabiendo además de una colocación donde ganaría un sobresueldo de cinco francos por mes. Para empezar, Carlos quiso escribir al barón Sandorff; pero ella había considerado más divertido y provechoso organizar con Delcambre una sorpresa. Y, precisamente aquel jueves, habiéndolo preparado todo para la jugada maestra, se dedicaba tranquilamente a esperar.


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