El dinero

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La señora Carolina había terminado su lectura, la carta permanecía abierta sobre la mesa, y con los ojos fijos en la misma se dedicaba a pensar. Maquinalmente luego, elevó la vista y paseó su mirada alrededor de las paredes, deteniéndose en cada uno de los planos, en cada una de las acuarelas. En Beirut, el pabellón para el Director de la Compañía de Vapores reunidos estaba ya construido a aquellas horas, en medio de amplios almacenes. En el monte Carmelo, era aquel fondo de garganta salvaje, obstruido por desmontes y piedras, lo que se estaba poblando, semejante al gigantesco nido de una población naciente. En el Taurus aquellas nivelaciones y perfiles cambiaban los horizontes, abrían un camino al libre comercio. Y, de todas esas hojas de líneas geométricas, de tintes acuarelados, sujetas simplemente con cuatro puntas, se suscitaba en ella toda una evocación del lejano país, recorrido en otro tiempo, tan amado por su hermoso cielo eternamente azul, por su tierra tan fértil. Volvían a reproducirse en su mente los jardines superpuestos de Beirut, los valles del Líbano con sus grandes bosques de olivos y moreras, las llanuras de Antioquía y de Alepo, inmensos vergeles de deliciosos frutos. Se veía de nuevo junto a su hermano en sus continuas correrías por aquella maravillosa comarca, cuyas incalculables riquezas se perdían, ignoradas o echadas a perder, sin vías de comunicación, sin industria ni agricultura, sin escuelas, en la pereza y en la ignorancia. Pero ahora se vivificaba todo aquello bajo un extraordinario impulso de savia joven. La evocación de aquel Oriente del mañana, elevaba ya ante sus ojos ciudades prósperas, campiñas cultivadas, toda una humanidad feliz. Veíalos materialmente, oía el rumor sordo del trabajo en las canteras, y constataba que aquella vieja tierra dormida, que por fin había despertado, acababa de ser dada a luz.


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