El dinero

El dinero

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La señora Carolina tuvo entonces la brusca convicción de que el dinero constituía el estiércol en medio del cual surgía aquella humanidad del mañana. Acudían a su imaginación frases de Saccard, fragmentos de teorías sobre la especulación. Recordaba en particular aquella idea de que, sin la especulación, no sería posible la existencia de grandes empresas, vivientes y fecundas, como tampoco habría criaturas sin lujuria. Se hace preciso tal exceso de pasión, toda esa vida rastreramente gastada y perdida, para la continuación de la vida misma. Sí, allá, su hermano se alegraba, cantaba victoria en medio de los talleres que se organizaban, de las construcciones que surgían del suelo, era precisamente porque en París llovía dinero, lo convertía todo en podredumbre, en la fiebre del juego. El dinero, envenenador y destructor, era el fermento de toda vegetación social, servía de abono para aquellos grandes trabajos cuya realización acercaría a los pueblos entre sí y pacificaría la tierra. Y ella, que había maldecido el dinero, caía ahora ante él en un espasmo de admiración y asombro: ¿no constituía acaso la sola fuerza que puede arrasar una montaña, rellenar un brazo de mar, convertir, en fin, la tierra en habitable para los hombres, aliviando además su trabajo cuando sólo sean simples conductores de máquinas? Todo el bien nacía de él, que era al propio tiempo el que producía todo el mal. Y no sabía explicarse más, conmovida hasta lo más íntimo de su ser, decidida ya a no partir, puesto que el éxito parecía ser completo en Oriente y dado que la batalla tenía lugar en París, pero incapaz aún de calmarse, con el corazón siempre sangrante.


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