El dinero

El dinero

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Levantóse la señora Carolina y fue a apoyar su frente en el cristal de una de las ventanas que daban al jardín del hotel Beauvilliers. Se había hecho de noche, no llegaba a distinguir sino una débil claridad en la pequeña pieza separada en donde vivían la condesa y su hija, para no ensuciar nada y no gastar fuego. Detrás de la delgada muselina de las cortinillas y de un modo impreciso, se distinguía el perfil de la condesa, remendando ella misma algún trapo, en tanto que Alicia se dedicaba a pintar acuarelas, despachadas de cualquier modo, por docenas, para ser vendidas luego en secreto. Les había ocurrido una desgracia, consistente en la enfermedad de su caballo; contratiempo éste que, por espacio de dos semanas, las tuvo encerradas en su casa, empeñadas en que no las vieran ir a pie; retrocediendo asustadas ante la sola idea de alquilar un vehículo. Pero, en medio de ese trastorno, tan heroicamente ocultado, una esperanza las mantenía en pie, haciéndolas tener más valor: el alza continua de las acciones del Universal, aquella ganancia muy crecida ya, que veían resplandecer por anticipado y caer como lluvia de oro, el día en que se decidieran a vender, al cambio más elevado, naturalmente. La condesa se prometía un traje verdaderamente nuevo, soñaba con organizar cuatro cenas por mes, sin necesidad de estar para ello a pan y agua durante quince días. Alicia no se reía ya con su aire de afectada indiferencia, cuando su madre le hablaba de matrimonio, pues la escuchaba con un ligero temblor de manos, empezando a creer que aquello quizás pudiera convertirse un día en realidad, que también a ella le sería posible tener un marido e hijos. Y la señora Carolina, mientras veía arder la lamparita que les alumbraba, notaba que un gran sosiego se iba apoderando de ella, un acentuado enternecimiento, agudizado por aquella constatación de que todavía el dinero, simplemente una esperanza de alcanzar dinero, bastaba para conseguir la dicha de aquellas pobres criaturas. Si Saccard lograba enriquecerlas, ¿no le bendecirían acaso, no seguiría siendo para ellas dos, bueno y caritativo? La bondad existía, pues, por todas partes, incluso entre los peores, que siempre son buenos para alguien, que siempre cuentan, en medio de la execración de una muchedumbre, con humildes voces aisladas que les dan las gracias y les adoran. Y, sumida en esa reflexión, mientras se le cegaban los ojos sobre las tinieblas del jardín, su pensamiento se trasladó hacia la Obra del Trabajo. La víspera, diciendo que lo hacía de parte de Saccard, estuvo allí distribuyendo juguetes y confites, en celebración de un aniversario; y esbozaba involuntariamente una sonrisa al recordar la ruidosa alegría de los niños. Desde hacía un mes, parecían estar más contentos de Víctor; había leído las notas satisfactorias que mereció en casa de la princesa de Orviedo, con la cual, dos veces por semana, se dedicaba a hablar ampliamente de la institución. Pero, ante esa imprevista imagen de Víctor que se presentaba en su cerebro, le causaba asombro haberlo llegado a olvidar en su desesperada crisis, cuando quería partir. ¿Habría podido abandonarle de ese modo, comprometiendo así la buena acción llevada a cabo con tanto esfuerzo? Cada vez más penetrante, una agradable dulzura remontaba de la oscuridad de los grandes árboles, como una oleada de inefable renunciación, de tolerancia divina que le ensanchaba el alma; mientras la pobre lamparilla de las señoras de Beauvilliers seguía luciendo abajo, como una estrella.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker