El dinero

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Cuando la señora Carolina volvió a ponerse ante su mesa, notó un ligero estremecimiento. ¿Qué le ocurría?, ¡sentía frío! Y eso la alborozó; ella que se vanagloriaba de pasar el invierno sin fuego. Estaba como al salir de un baño helado, rejuvenecida y fuerte, muy tranquilo el pulso. Las mañanas en que disfrutaba de hermosa salud, así era como se levantaba. Se le ocurrió luego echar un leño en la chimenea; y, viendo que el fuego estaba apagado, se entretuvo ella misma encendiéndolo, sin querer llamar a la sirvienta. Su trabajo fue enorme, y como carecía de leña menuda no tuvo más remedio que avivar el fuego valiéndose de viejos diarios, que iba quemando uno a uno. De rodillas delante del hogar, no hacía más que reírse; aun estando a solas. Por unos instantes, se estuvo allí contenta y sorprendida. He aquí que una de sus grandes crisis había pasado ya; esperaba de nuevo, ¿qué?, seguía sin saberlo, el eterno factor desconocido que había al final de la vida, al término de la humanidad. Vivir, aquello había de serle suficiente, para que la vida le aportase sin cesar la curación de las heridas que la misma vida le infligía. Una vez más recordó las hecatombes de su existencia, su repulsivo matrimonio, la miseria vivida en París, su abandono por el único hombre a quien llegara a amar; y, a cada derrumbamiento, encontraba, la vivaz energía, el gozo inmortal que la ponía de nuevo en pie, en medio de las ruinas. ¿No acababa de desmoronarse todo? Seguía sin ser querida por su amante, frente a su horrible pasado, como las santas mujeres puedan verse frente a las llagas inmundas que se dedican a limpiar mañana y noche, sin contar con cicatrizarlas jamás. Iba a continuar perteneciéndole, entregándose a él, aun sabiendo que era de otras, sin tratar siquiera de disputárselo. Se disponía a vivir en ascuas, metida en la fragua jadeante de la especulación, bajo la incesante amenaza de una catástrofe final, en donde su hermano podía dejar su honor y su sangre. Y seguía no obstante en pie, casi indolente, lo mismo que en la mañana de un día hermoso, saboreando el poner cara al peligro, poseída de un júbilo batallador. ¿Por qué?, por nada que pudiera razonarse fácilmente, ¡por el mero placer de existir! Ya se lo decía su hermano: ella era la invencible esperanza.


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