El dinero
El dinero Cuando Saccard volvió, encontró a la señora Carolina sumida por completo en su trabajo, acabando, con su escritura de firme trazo, una página de la Memoria sobre los caminos de hierro de Oriente. Levantó la cabeza, le sonrió con aire apacible, mientras él rozaba con los labios su bella y esplendorosa cabellera blanca.
—¿Estuvo danzando mucho por ahí, amigo mío?
—¡Oh!, ¡asuntos y más asuntos, como para nunca acabar! He visto al ministro de Obras Públicas, terminé yendo en busca de Huret, he tenido que volver al despacho del ministro, donde no había más que un secretario… En fin, cuento con la promesa para allá abajo.
En efecto, desde que había dejado a la baronesa de Sandorff, no paró un solo momento, en su acaloramiento por los negocios, con su acostumbrado celo. Entrególe ella la carta de Hamelin, que le dejó encantado; y le veía arrebatarse de dicha por el futuro triunfo, mientras decía ella para sus adentros que, en lo sucesivo lo vigilaría de cerca para impedir sus indudables locuras. Sin embargo, no lograba convertirse en más severa.
—Estuvo su hijo a invitarle, en nombre de la señora de Jeumont.
Saccard se exclamó.
—Pero ¡si me ha escrito!… Me había olvidado decirle a usted, que iba allí esta noche… ¡Lo que me atormenta, cansado como estoy!