El dinero
El dinero Y fue por aquella misma época, quince días después, cuando Saccard inauguró el monumental hotel que tanto soñara, para instalar regiamente en él al Universal. Bastaron para ello seis meses, se había trabajado día y noche, sin perder una hora, causando ese milagro que sólo es posible en París; y erguíase la fachada, florida de ornamentos, mezcla de templo y de café-concierto, una fachada cuyo ostentoso lujo hacía que se detuviera la gente en la calle para contemplarla. En su interior, aquello era un alarde de suntuosidad; los millones de las cajas chorreaban a lo largo de las paredes. Una escalera de honor conducía a la sala del consejo, decorada en rojo y oro, con un esplendor de sala de ópera. Por todos lados, alfombras, colgaduras, despachos instalados con una riqueza de mobiliario fastuoso. En el sótano, donde estaba instalado el servicio de los títulos, resaltaban las cajas fuertes selladas, inmensas, abriendo sus profundas gargantas de horno, colocadas tras las lunas sin azogado en los mamparos; lo que permitía al público verlas, alineadas como los toneles de los cuentos donde duermen los incalculables tesoros de las hadas. Y los pueblos con sus reyes, camino de la Exposición, podían venir y desfilar por allá: todo estaba a punto, el nuevo hotel les esperaba, para cegarles, captándoles uno a uno ante aquella irresistible trampa de oro, reluciente a pleno sol.