El dinero
El dinero Saccard alardeaba de superioridad en el gabinete más suntuosamente instalado que imaginarse pueda, decorado con muebles estilo Luis XIV, de madera dorada, recubiertos con terciopelo de Génes. El personal había aumentado, sobrepasando a la sazón los cuatrocientos empleados; y ese ejército es el que ahora capitaneaba Saccard con un fausto de tirano adorado y obedecido, pues se mostraba muy generoso tratándose de gratificaciones. En realidad, y pese a su simple título de director, lo cierto es que reinaba, por encima del presidente del consejo, por encima del mismo consejo de administración, que ratificaba simplemente sus órdenes. Por lo mismo, la señora Carolina vivía ahora en un estado de continua alerta, muy ocupada en conocer cada una de sus decisiones, para tratar de obstaculizarlas si llegaba el caso. Desaprobaba por su parte aquella nueva instalación, magnífica por mucho exceso, aunque sin poder condenarla en principio, habiendo reconocido la necesidad de un local más amplio, en los felices y hermosos días de tierna confianza, cuando se permitía bromear a su hermano que se mostraba inquieto con tal motivo. Su temor confesado, su máximo argumento para combatir aquel lujo, era que la casa perdía su carácter de honesta probidad, de alta gravedad religiosa. ¿Qué pensarían los clientes habituados a la discreción monacal, a la media luz recogida de los bajos de la calle Saint-Lazare, cuando entrasen en este palacio de la calle de Londres, con sus enormes plantas resonantes de ruidos, inundadas de luz? Saccard contestaba entonces que quedarían fulminados de admiración y de respeto; que aquellos que antes se limitaban a llevar cinco francos, sacarían diez de su bolsillo, picados en su amor propio y embriagados de confianza. Y, con su brutal fe en el oropel, fue quien a la postre tuvo razón. El éxito del hotel era prodigioso, sobrepasaba en estrépito eficaz a los más extraordinarios reclamos de Jantrou. Los pequeños rentistas devotos de los barrios tranquilos, los pobres curas de pueblo, llegados por la mañana en el tren, quedaban extasiados ante la puerta, saliendo luego rojos de placer, contentos y satisfechos por tener los fondos allí dentro.