El dinero
El dinero A decir verdad, lo que sobre todo contrariaba a la señora Carolina, era no poder estar siempre en la misma casa para ejercer su vigilancia. Apenas si le resultaba posible trasladarse, de tarde en tarde, a la calle de Londres, bajo algún pretexto. Al presente, vivía sola, en la sala de los diseños; y apenas veía a Saccard más que por la noche. Éste había conservado allí su apartamento, pero la totalidad de los bajos seguían cerrados, lo mismo que los despachos del primer piso; y la princesa de Orviedo, contenta en el fondo con no tener más el sordo remordimiento que para ella implicaba aquel banco, aquella tienda dedicada a despachar dinero puesta en su propia casa, ni siquiera trataba de alquilar el inmueble, con una consciente indiferencia por todo cuanto significase ganancia, incluso legítima. La casa vacía, resonando con motivo de cada coche que pasaba, parecía una tumba. La señora Carolina, sólo oía ya, a través de los techos, remontar hacia ella aquel escalofriante silencio que parecía desprenderse de las ventanillas cerradas; de donde, sin solución de continuidad y por espacio de dos años, había estado llegándole un ligero tintineo de oro. Se le hacían las jornadas más pesadas y largas. Trabajaba mucho sin embargo, ocupada siempre con las cosas de su hermano, que, desde Oriente, no cesaba de enviarle tandas de escrituras. Pero, a veces, se detenía en su trabajo, y se ponía a escuchar, presa de una ansiedad instintiva, como sintiendo necesidad de saber lo que pasaba abajo; y nada, ni un soplo, la postración de las desmanteladas salas, vacías, oscuras, cerradas dándole doble vuelta a la llave. Entonces, un ligero escalofrío se apoderaba de ella, quedándose unos momentos ensimismada, inquieta. ¿Qué estarían haciendo en la calle de Londres? ¿No sería en aquel mismo segundo cuando se estaba produciendo la grieta que acabaría por derruir el edificio?