El dinero

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Cundió el rumor, vago y ligero aún, de que Saccard preparaba un nuevo aumento de capital. De cien millones, quería elevarlo a ciento cincuenta. Vivíanse unos momentos de particular excitación, era la hora fatal en que todas las prosperidades del reino, los inmensos trabajos que habían transformado la ciudad, la endemoniada circulación del dinero, los furiosos gastos que motiva el lujo, habían de terminar fatalmente en una acentuada fiebre de la especulación. Cada uno quería su parte, arriesgaba su fortuna sobre el tapete verde para decuplicarla y gozar, como tantos otros, enriquecidos en una sola noche. Las banderas de la Exposición que crujían al sol, las iluminaciones y las músicas del Campo de Marte, las multitudes del mundo entero inundando las calles, acababan de embriagar a París, sumiendo a la capital en un sueño de inagotable riqueza y de soberano dominio. En las noches claras, de la enorme ciudad en fiesta, sentada a la mesa en los restaurantes exóticos, convertida en colosal feria donde el placer se vendía sin tapujos bajo las estrellas, ascendía a su máximo grado la demencia, la locura jovial y voraz de las grandes capitales amenazadas de destrucción. Y Saccard, con su olfato de ratero, había percibido de tal modo la existencia en todos de ese acceso, de esa perentoria necesidad de lanzar por los aires su dinero, de vaciar sus bolsillos y su cuerpo, que acababa de doblar los fondos destinados a la publicidad, excitando a Jantrou hacia el más ensordecedor de los alborotos. Desde la apertura de la Exposición, aparecían diariamente en la prensa significativos elogios, echando las campanas al vuelo en favor del Universal. Cada mañana traía consigo su correspondiente llamada, su ditirambo, para hacer trastornar a la gente: un «suceso» extraordinario, la historia de una señora que había dejado olvidadas cien acciones en un simón; el extracto de un viaje al Asia Menor, donde se explicaba que Napoleón había profetizado el establecimiento de la calle de Londres; un extenso artículo de fondo, en el que, enfocado políticamente, se enjuiciaba el papel que representaba la casa en relación con la próxima solución de la cuestión de Oriente; todo ello sin contar con las continuas gacetillas de los periódicos especiales, reunidos todos ellos bajo una misma dirección, marchando en compacta masa. Jantrou había creído del caso concertar contratos de un año de duración, con las pequeñas publicaciones financieras, que de ese modo le reservaban una columna en cada número; y utilizaba efectivamente esa columna, con una fecundidad y una variedad de imaginación asombrosas; llegando incluso a atacar, para saborear el triunfo de vencer en seguida. El famoso folleto que había venido meditando durante todo ese tiempo, acababa de ser lanzado a los cuatro vientos, por el mundo entero; repartiendo en total un millón de ejemplares. Su nueva agencia había sido igualmente creada; aquella agencia que, so pretexto de enviar un boletín financiero a los periódicos de provincias, se convertía en dueña absoluta del mercado en todas las poblaciones importantes. Y La Esperanza, en fin, hábilmente dirigida, iba adquiriendo de día en día una importancia política cada vez mayor. Se habían recalcado mucho una serie de artículos publicados a raíz del decreto del 19 de enero, que reemplazaba el mensaje por el derecho de interpelación, nueva concesión del emperador, en marcha hacia la libertad. Saccard, que era quien inspiraba todos esos artículos, no hacía atacar aún abiertamente a su hermano, que seguía como ministro de Estado pese a todas las evoluciones, resignado, en su pasión de poder, a defender hoy lo que ayer condenaba; pero se le adivinaba al acecho, vigilando la falsa situación de Rougon, cogido en la Cámara entre el tercer partido, hambriento de su herencia, y los clericales, ligados con los bonapartistas autoritarios contra el imperio liberal; y ya habían empezado las insinuaciones, el periódico volvía a sentirse católico militante, se mostraba desbordante de acritud, con motivo de cada uno de los actos del ministro. La Esperanza, pasada a la oposición, significaba la popularidad, un viento de fronda acabando de lanzar el nombre del Universal por todos los rincones de Francia y del mundo.


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