El dinero

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Entonces, bajo aquel formidable impulso de publicidad, en ese medio ambiente exasperado, maduro para todas las locuras, el probable aumento de capital, ese rumor referente a una nueva emisión de cincuenta millones, acabó de enardecer a los más prudentes. Desde los más humildes hogares hasta los aristocráticos hoteles, desde las porterías, hasta los salones de las duquesas, ardían las mentes, el exceso de admiración convertía a la fe en ciega, heroica y batalladora. Se enumeraban las grandes cosas llevadas a cabo ya por el Universal, los primeros y fulminantes éxitos, los dividendos inesperados, como ninguna otra sociedad habría distribuido en sus comienzos. Se traía a colación la tan feliz y acertada idea de la Compañía de Vapores reunidos, tan pronta en magníficos resultados; la Compañía cuyas acciones se cotizaban ya con cien francos de prima; y la mina de plata del Carmelo, de un producto milagroso, con relación al cual, un orador sagrado, cuando la última cuaresma de Nuestra Señora, había tenido un inciso, hablando a la crédula cristiandad de un regalo de Dios; y se recordaba asimismo otra sociedad creada para la explotación de inmensos yacimientos de hulla, y la que iba a proceder a la tala metódica de los vastos bosques del Líbano; y de la fundación del Banco nacional turco en Constantinopla, de una solidez inquebrantable. Ni un solo fracaso, una suerte creciente que convertía en oro todo lo que la casa tocaba; un amplio conjunto de creaciones prósperas, dando base sólida a futuras operaciones, justificaban ya un rápido aumento de capital. Por otra parte, el propio porvenir que se abría ante las febriles imaginaciones, ese futuro tan plagado de empresas más considerables aún, era el que necesitaba de un modo apremiante, esa demanda de los cincuenta millones, cuyo solo anuncio bastaba para trastornar los cerebros de aquel modo. Circulaban todos esos rumores por la Bolsa y los distintos salones, como campo especialmente abonado para ello, sin límites para el elogio y el encumbramiento, pero lo que ocupaba principalmente todas las conversaciones, destacándose de otros proyectos, negado por unos y exaltado por otros, era el gran negocio inmediato de la Compañía de los ferrocarriles de Oriente. Las mujeres, sobre todo, se apasionaban; hacían en favor de la idea una propaganda entusiasta. Por los rincones de sus gabinetes privados, en las cenas de gala, detrás de las jardineras en flor, a la hora tardía del té, hasta en el mismo fondo de las alcobas, había criaturas encantadoras, de una zalamería persuasiva, que se dedicaban a catequizar a los hombres: «¡Cómo!, ¿no tiene acciones del Universal? Pero ¡si no hay mejor papel que ése!, ¡compre en seguida valores del Universal, si quiere que siga amándole!». Tratábase de la nueva Cruzada, como ellas mismas decían, de la conquista de Asia, y que los cruzados de Pedro el Ermitaño y de San Luis no habían podido llevar a cabo; de la cual iban a encargarse ellas ahora con sus bolsitas de oro. Todas simulaban estar bien informadas, hablaban en términos técnicos de la línea madre que iba a empezar por abrirse, de Brusa a Beirut, por Angora y Alepo. Más adelante vendría el enlace de Esmirna a Angora; después el de Trebisonda a Angora, por Erzereoum y Sivas; mucho más tarde, el de Damasco a Beirut. Y, guiñando el ojo, cuchicheando entre sí, aseguraban que quizás habría otro, ¡oh!, ¡andando el tiempo!, de Beirut a Jerusalén, por las antiguas ciudades del litoral, Sarda, San Juan de Acre, Jaffa; y, más adelante también, ¡quién sabe!, de Jerusalén a Port-Said y a Alejandría. Sin contar, naturalmente, con que Bagdad, no estaba tan lejos de Damasco, y que, si establecía un ferrocarril que llegara hasta allí, significaría alcanzar un día Persia, la India, China, para incorporarlas a Occidente. Parecía como si, a una sola frase salida de sus lindas bocas, resplandecieran los tesoros encontrados de los califas, en un cuento maravilloso de las Mil y una noches. Las alhajas, las pedrerías del sueño, llovían en las cajas de la calle de Londres, mientras humeaba el incienso del Carmelo, un fondo delicado y vago de leyendas bíblicas que divinizaba los fuertes apetitos de ganancias. ¿No significaba aquello el Edén reconquistado, la Tierra Santa liberada, la religión triunfante, en la cuna misma de la humanidad? Y al llegar aquí se detenían en sus comentarios, rehusaban decir más, mientras sus miradas chispeaban pensando en lo que precisaba ocultar. Esto último ni siquiera se contaba al oído. Muchas de entre ellas lo ignoraban, aunque afectasen saberlo. En eso estaba el misterio, en lo que quizás no llegaría nunca, pero acaso estallase un día como un rayo; Jerusalén rescatado al sultán, entregado al Papa, con Siria por reino; el pontificado disponiendo de un presupuesto suministrado por un banco católico, el Tesoro del Santo Sepulcro, que lo pondría al abrigo de perturbaciones políticas; en fin, el catolicismo rejuvenecido, desligado de compromisos, encontrando una nueva autoridad, dominando el mundo desde lo alto de la montaña donde Cristo expiró.


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