El dinero
El dinero Ahora Saccard, por la mañana, instalado en su lujoso gabinete estilo Luis XIV, se veía obligado a condenar la puerta y privar la entrada, en cuanto quería dedicarse al trabajo; puesto que aquello era un verdadero asalto, el desfile de toda una corte cuando acude a la hora de levantarse un rey, cortesanos, gentes de negocios, corredores de Bolsa; una adoración y una mendicidad desenfrenados rondando la omnipotencia. Una mañana de los primeros días de julio sobre todo, mostróse Saccard despiadado, y dando orden formal de que no introdujeran a nadie. Mientras la antecámara rebosaba de gente, de una muchedumbre que se empeñaba en ser recibida, a pesar del ujier, aguantando, esperando incluso, Saccard se encerró con dos jefes de servicio para acabar de estudiar la nueva emisión. Previo el examen de varios proyectos, acababa de decidirse en favor de una combinación que, gracias a esa nueva emisión de cien mil acciones, había de permitirle liberar completamente las doscientas mil antiguas acciones, de las cuales sólo habían sido desembolsados ciento veinticinco francos por cada una de ellas; y, para poder llegar a ese resultado, la acción reservada sólo a los accionistas a razón de un título nuevo por cada dos de los antiguos, sería emitida a ochocientos cincuenta francos, inmediatamente exigibles, de los cuales quinientos francos correspondían al capital y una prima de trescientos cincuenta francos se destinaba a la proyectada liberación. Presentábanse sin embargo una serie de complicaciones, quedaba allí todavía todo un agujero por tapar, lo que motivaba que Saccard estuviese muy nervioso. El ruido de voces en la antecámara le irritaba sobremanera. Ese París en bajuna actitud, todos aquellos homenajes que solía recibir él de buen talante y familiar despotismo, suscitaban su desprecio en aquella ocasión. Y Dejoie, que a veces le servía de ujier por la mañana, se había permitido aquel día dar una vuelta y aparecer por una puertecita del pasillo, por lo que Saccard le acogió enfurecido.