El dinero

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—¿Qué le parece? ¡Le dije que no pensaba dar audiencia a nadie, a nadie, ¿me entiende?!… ¡Tenga!, ¡coja mi bastón, plántelo en mi puerta, y que lo besen si quieren!

Dejoie, impasible, se permitió insistir.

—Perdón, señor, se trata de la condesa de Beauvilliers. Me lo ha suplicado insistentemente, y como sé que el señor quiere mostrarse amable con ella…

—¡Cómo! —gritó Saccard salido de sus casillas—, ¡que se vaya al diablo junto con los demás!

Pero, inmediatamente pareció cambiar de opinión, y con gesto de cólera contenida, le dijo a Dejoie:

—¡Hágala entrar!, ¡está visto que no se me quiere dejar en paz!… Y hágalo además por esa puertecita, para que el rebaño no entre con ella.

El recibimiento que Saccard hizo a la condesa de Beauvilliers estuvo en consonancia con la dureza del hombre dominado aún por una sacudida nerviosa. Ni siquiera calmó sus ánimos el ver a Alicia, que, con su aire silencioso y profundo, acompañaba a su madre. Había hecho que se ausentaran circunstancialmente los dos jefes de servicio, y sólo pensaba en llamarles de nuevo para continuar su trabajo.

—Le ruego, señora, se explique con rapidez, pues estoy horriblemente ocupado.


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