El dinero
El dinero ¡Un millón! ¡El hotel de la calle de Saint-Lazare, desembarazado de sus hipotecas, expurgado de su cobertura de miseria! ¡El tren de la casa situado a un nivel adecuado, libre de esa pesadilla propia de las gentes que tienen coche pero que carecen de pan! ¡La hija casada con una dote decente, pudiendo por fin tener marido e hijos, ese gozo que puede permitirse la más pobre de las mujeres que se arrastran por el arroyo! ¡El hijo, al que el clima de Roma estaba matando, aliviado allá, colocado en situación de mantener su rango, en espera de servir a la gran causa, que tan poco se valía de él! ¡La madre reincorporada a su alta posición social, pagando su cochero, no dedicándose a escatimar más para poder añadir un plato a sus cenas del martes y no teniendo que condenarse al ayuno durante el resto de la semana! Aquel millón despedía llamas, significaba la salvación, el sueño ideal.
La condesa, conquistada ya, se volvió hacia su hija, para ver de asociarla a su voluntad.
—Anda, dime, ¿cuál es tu opinión?
La muchacha sin embargo, nada decía en absoluto; cerraba lentamente los párpados, extinguiendo el brillo de sus ojos.
—Es verdad —dijo entonces la madre, sonriente a su vez—, olvidaba que quieres dejarme dueña absoluta… Pero sé lo decidida que eres y todo lo que tú esperas…