El dinero

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Y, dirigiéndose a Saccard:

—¡Ah, señor!, ¡se habla de usted con tantos elogios!… No podemos ir a ninguna parte, sin que se nos cuenten cosas muy bellas y muy conmovedoras también. Y no se trata sólo de la princesa de Orviedo, sino de todas mis amigas, que están más que entusiasmadas con su obra. Muchas de ellas me envidian que sea una de sus primeras accionistas, y si se las oyera en la intimidad, debiera la gente vender hasta los colchones para adquirir las acciones de su Banco.

Hablaba en un tono de suave dulzura.

—Las encuentro algo locas, ¡sí, un tanto locas, en verdad! Será sin duda porque no soy lo bastante joven… Mi hija es una de sus admiradoras. Cree en su misión, y se dedica a hacer propaganda en todos los salones a donde la llevo.

Encantado, Saccard miró entonces a Alicia, y estaba en aquel momento tan animada, tan vibrante de fe, que le pareció realmente hermosa a pesar de su amarillenta tez y de su cuello muy delgado, marchito ya. También Saccard se veía grande y bueno, ante la idea de haber hecho la felicidad de aquella triste criatura a quien la esperanza de un marido bastaba para embellecer.

—¡Oh! —dijo la jovencita en voz baja y como lejana—, resulta tan hermosa la conquista que están llevando a cabo allá abajo… Sí, una nueva era, la cruz radiante…


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