El dinero

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Tratábase del misterio, de lo que nadie decía; y su voz bajaba aún de tono, se perdía en un soplo de íntimo regocijo. Él, sin embargo, la hacía callar con un gesto amistoso, pues no toleraba que se hablase en su presencia de la gran cosa, del objetivo supremo y oculto. Su gesto daba a entender que tendía hacia esa meta en todo momento, pero sin despegar los labios. En el santuario, los incensarios se balancean en manos de algunos iniciados.

Después de un silencio repleto de emoción, la condesa se levantó al fin.

—Pues bien, señor, estimo estar convencida, y voy a escribir a mi notario para que acepte la oferta hecha con relación a los Aublets… ¡Que Dios me perdone si obro mal!

Saccard, en pie, declaró a su vez con emotiva seriedad:

—Es el propio Dios quien la inspira, señora; téngalo por cierto.

Y, cuando las acompañaba hasta el pasillo, evitando la antecámara, donde seguía el amontonamiento de gente, encontró a Dejoie, que estaba por allí rondando con aire preocupado.

—¿Qué ocurre? ¿Me imagino no será alguno más?

—No, no señor… Si me atreviera a pedir un consejo al señor… Se trata de mí mismo…


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