El dinero
El dinero Y mientras hablaba asÃ, iba maniobrando de tal modo que, sin darse cuenta, Saccard se encontró nuevamente en su gabinete, mientras él permanecÃa en el umbral, muy deferente.
—¿Para usted?… ¡Ah!, es verdad, usted también es accionista… Pues bien, mi bravo mozo, acepte los nuevos tÃtulos que van a serle reservados; venda primero sus camisas si es preciso para hacerse cargo de ellos. Ése es el consejo que le doy a todos nuestros amigos.
—¡Oh! señor, el trozo es demasiado grande, mi hija y yo no tenemos tanta ambición… Al principio, adquirà ocho acciones, con los cuatro mil francos de ahorros que nos dejara mi pobre mujer; y continúo sin tener más que esas ocho acciones, porque, ¿comprende usted?, cuando tuvieron lugar las otras emisiones, al ser doblado el capital por dos veces, no hemos podido disponer de ese dinero, para aceptar los tÃtulos que nos correspondÃan… No, no, no se trata de eso, ¡no se puede ser tan glotón! Yo sólo querÃa pedir al señor, sin ánimo alguno de ofenderle, que me dijera si le parece bien que venda.
—¡Cómo!, ¿que venda usted?