El dinero
El dinero —Pues ¡claro está!, ¡sin duda de ningĂşn gĂ©nero! Les prohĂbo en absoluto vender antes de que llegue ese momento; ¡sĂ!, ya me encargarĂ© yo de impedĂrselo por la fuerza, por el derecho que tiene uno, mejor dicho, a impedir que sus amigos cometan sandeces… El cambio de tres mil, ¡lo necesito y lo tendrĂ©!
ÂżQuĂ© contestar a ese terrible hombre, cuya penetrante voz, parecida a la de un gallo, cacareaba el triunfo? Rieron de nuevo, afectando encogerse de hombros. E insistieron en que vivirĂan bien tranquilos, pues ese famoso cambio no se alcanzarĂa nunca, Saccard, acababa de sentarse a la mesa, donde estaba haciendo otros cálculos: su propia cuenta. ÂżHabĂa pagado, pagarĂa sus tres mil acciones?; la pregunta quedaba sin contestaciĂłn, un poco en el aire. DebĂa poseer incluso una cantidad de acciones mucho mayor; pero resultaba difĂcil saberlo, puesto que Ă©l mismo servĂa de testaferro a la sociedad; ÂżcĂłmo distinguir entonces, de entre el montĂłn, los tĂtulos que realmente le pertenecĂan? El lápiz iba trazando hileras de cifras hasta el infinito. Luego, lo tachĂł todo con un trazo fulgurante y estrujĂł el papel. Aquel gesto y los dos millones recogidos en el fango y la sangre de Sadowa, era su parte.