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Mientras tanto, Saccard había preparado un incidente que surgió entonces. No ignoraba que se le acusaba de jugar, y era su propósito a este respecto hacer que se disipasen hasta las menores sospechas de los accionistas desconfiados, si es que los había en la sala.

Jantrou, adiestrado por él, se levantó; y con su voz pastosa, dijo:

—Señor presidente, creo hacerme intérprete de muchos accionistas pidiendo que quede bien sentado que la sociedad no posee ninguna de sus propias acciones.

Hamelin, que no estaba prevenido, permaneció unos instantes molesto. Instintivamente, se volvió hacia Saccard perdido hasta entonces en su asiento, y que se levantó de pronto para aumentar su corta estatura y responder con su penetrante voz:

—¡Ni una sola, señor presidente!

Ante aquella respuesta, no se supo por qué, pero estallaron de nuevo los «bravos» y aclamaciones. Si mentía en el fondo, lo cierto era que la sociedad no tenía un solo título a su nombre, puesto que Sabatani y los otros servían de cobertura. Y aquello fue todo; hubo aplausos una vez más, resultando la salida alegre y ruidosa.


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