El dinero

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En los días siguientes, el acta de aquella sesión, publicada en los periódicos, produjo un enorme efecto en la Bolsa y en todo París. Jantrou había reservado para ese momento un último empellón al reclamo, la más atronadora de las charangas que hubieran podido soplar desde hacía mucho tiempo las trompetas de la publicidad; e incluso circuló una broma, se dijo que había hecho tatuar: Compren acciones del Universal, en los rinconcitos más secretos y delicados de cierto número de damas complacientes, lanzándolas después a la circulación. Por lo demás, acababa de llevar a cabo, por fin, su golpe maestro, la adquisición de La Cote financière, ese viejo y sólido periódico, que tenía tras de sí una impecable honradez de doce años. La operación había resultado cara, pero la clientela seria, los burgueses acobardados, las grandes fortunas prudentes, todo el dinero que se respeta, había sido conquistado. En la Bolsa, a los quince días se alcanzó el cambio de mil quinientos; y, en la última semana de agosto, por saltos sucesivos, llegaba a dos mil. Aquella ciega admiración se había exasperado aun, el acceso iba agravándose a cada hora que transcurría bajo la epidémica fiebre del agio. Compraban, compraban todos, incluso los más cautos, con la convicción de que aquello aún subiría más, ascendería sin encontrar tope. Eran las misteriosas cavernas de las Mil y una Noches que se abrían al público, los incalculables tesoros de los califas entregados a la codicia de París. Todos los sueños, cuchicheados al oído desde hacía meses, parecían realizarse ante aquel encantamiento del público: la cuna de la humanidad recuperada, las antiguas ciudades históricas del litoral resucitadas de su arena, Damasco, luego Bagdad y después la India y China, explotadas por el ejército invasor de nuestros ingenieros. Lo que Napoleón no había podido hacer con su sable, conquistar Oriente, lo realizaba una Compañía financiera, enviando allí un ejército de zapapicos y volquetes. Asia era conquistada a fuerza de millones, para sacar de allí millares de millones. Y la cruzada de las mujeres, sobre todo, triunfaba, en las pequeñas reuniones íntimas de las cinco de la tarde, en las grandes recepciones mundanas de medianoche, en la mesa y en las alcobas. Bien lo habían ellas previsto: Constantinopla había sido tomada, pronto se tendría a Bruza, Angora y Alepo; y más tarde, Esmirna, Trebisonda, todas las ciudades en fin, donde el Universal sentase sus reales, hasta el día en que llegaran a tener la última, la ciudad santa, la que no había que nombrar y era como la promesa eucarística de la lejana expedición. Los padres, los maridos, los amantes, imbuidos por aquel apasionado ardor de las mujeres, no iban a dar sus órdenes de compra a los agentes de cambio, más que al grito, una y mil veces repetido de: ¡Dios lo quiere! Llegó finalmente la espantosa barahúnda de los pequeños, la multitud pataleante que sigue a los grandes ejércitos, la pasión descendiendo del salón a la oficina, del burgués al obrero y al labrador, y que proyectaba, en ese loco galopar de millones, a pobres suscriptores que no tenían más que una acción, tres, cuatro, diez acciones; porteras cercanas ya al retiro, viejas solteronas cuya sola compañía era un gato, jubilados de provincias cuyo presupuesto es de diez sueldos diarios, curas de aldea empobrecidos por la limosna, toda la masa pálida y hambrienta de rentistas ínfimos, a los que una catástrofe de Bolsa barre como una epidemia y sepulta de un golpe en la fosa común.


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