El dinero
El dinero Y esa exaltación de los títulos del Universal, aquella ascensión que les llevaba consigo, como impulsados por un viento religioso, parecía realizarse al son de las músicas que, cada vez más altisonantes, remontaban de las Tuileries y del Campo de Marte, de las continuas e interminables fiestas con las que la Exposición enloquecía a París. Las banderas chasqueaban más sonoras en la pesada atmósfera de las cálidas jornadas; no había allí noche en que la ciudad, resplandeciente de luz, no chispeara bajo las estrellas, lo mismo que un colosal palacio en el fondo del cual el libertinaje velase hasta el alba. El regocijo había ido contagiándose de casa en casa, las calles eran una borrachera, una nube de densos vapores, la humareda de los festines, el sudor de las parejas, remontaba hacia el horizonte, rodaba por encima de las techumbres, al igual que en las noches de Sodoma, de Babilonia y de Nínive. Desde mayo, los emperadores y los reyes habían ido llegando en peregrinación, procedentes de los cuatro rincones del mundo; cortejos de nunca acabar, cerca de un centenar de soberanías y de soberanas, de príncipes y princesas. París estaba repleto de Majestades y de Altezas; había aclamado al emperador de Rusia y al de Austria, al sultán y al virrey de Egipto; y se había lanzado bajo las ruedas de las carrozas para ver más de cerca al rey de Prusia, al que seguía Bismarck como un dogo fiel. Salvas de regocijo, resonaban continuamente en los Inválidos, mientras la muchedumbre se aplastaba en la Exposición, convirtiendo los cañones Krupp, enormes y sombríos, que Alemania había expuesto, en verdadero éxito popular. Casi cada semana, la Ópera encendía sus arañas para alguna gala oficial. Se ahogaba la gente en los pequeños teatros y en los restaurantes; las aceras no eran bastante anchas para el desbordado torrente de la prostitución. Y fue Napoleón III quien quiso distribuir por sí mismo los premios acordados para los sesenta mil expositores, en una ceremonia que sobrepasó en magnificencia a todas las demás, una gloria ardiendo en la frente de París, la refulgencia del reino en su máximo esplendor, y en la que apareció el emperador en una comedia de magia, como dueño de Europa, hablando con la calma de la fuerza y prometiendo la paz. Aquel mismo día llegaba a las Tuileries la noticia de la espantosa catástrofe de Méjico, la ejecución de Maximiliano; la sangre y el oro francés llegados a derramar, convertidos en pura pérdida; y la nueva se mantenía oculta, para no entristecer las fiestas. Un primer toque fúnebre, al finalizar aquel soberbio día, deslumbrante de sol.